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Existen varias notas, entrevistas y ensayos sobre Jorge y su obra.

Obviamente es imposible transcribirlo todos aquí.

De todas maneras hemos escogido algunos un poco al azar, otro no tanto.

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Medios

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Ocurrió esa misma noche en que la luna se puso roja; con el cuarto y último eclipse de la tétrada, Jorge Pistocchi, el fundador de la mítica revista “El Expreso Imaginario” dejaba nuestro planeta. Otro histórico del rock argentino, Miguel Grinberg escribiría: “En tanto la Luna enrojecía, Jorge se despegaba de sus tercos huesos, abría los brazos hacia el Universo y ampliaba el campo de sus atrevimientos”. Los atrevimientos de Pistocchi habían sido varios: uno de ellos dejar la escultura para modelar frente a las viejas teclas de una máquina de escribir sus primeras notas periodísticas en la revista Pelo. Tenía 22 años e intuía que detrás del rock había algo más, un movimiento contracultural de jóvenes que cuestionaban lo establecido, que le decía no al viejo y odiado establishment. De esa filosofía alternativa, que desembocaba en la poesía, los modos de vida comunitaria, la ecología y el no consumismo, Jorge Pistocchi siempre quiso hablar. Entendía que allí había una gran energía y un movimiento no violento que podía transformar el mundo y también nuestros mundos interiores. En su primera experiencia al frente de la revista Mordisco, que apareció en 1974, escribió a modo de editorial: “Hoy emprendemos la marcha hacia una estación llamada imposible. Llegar hasta allí puede tornarse peligroso pero confiamos en que el contenido de nuestros equipajes nos proteja. Si bien no hay armas dentro de ellos, ya que las abandonamos en la estación de partida, en cambio portan nuestra música de rock, los libros que nos iluminaron, las técnicas e inventos de los hombres que no intentaron destruirnos y todas nuestras reales posesiones, o sea, las cosas que amamos”. Pero el gran atrevimiento ocurriría dos años más tarde, con la aparición del primer número de “El Expreso Imaginario”, un mensuario, primero en formato tabloide y luego más revisteril, que tendría un grupo de acompañantes por aquel entonces apenas conocidos. Pipo Lernoud, un poeta de la época de La Cueva lo acompañó en la dirección, un ignoto Horacio Fontova era el ilustrador. También se sumarían Alfredo Rosso, que estaba terminando la colimba, con sus amigos Claudio Kleinman y Fernando Basabru. UNA GRIETA PARA AVANZAR Pistocchi era amigo de Luis Alberto Spinetta y también lo había ayudado económicamente donándole parte de un dinero, que había cobrado como herencia, para comprar los instrumentos que necesitaba Almendra. Con el tiempo, cuando Jorge andaba con una carpeta bajo el brazo mostrando los contenidos de lo que sería “El Expreso”, buscando alguien que financiara su publicación, Spinetta le presentó a su abogado Alberto Ohanian quien se mostró interesado en el proyecto editorial. Así fue como, a cinco meses del golpe militar, en tiempos de censura implacable, una fisura inesperada comenzó a surgir en agosto de 1976. No estaba organizada, ni era parte de una estrategia premeditada, tenía que ver con los caminos que abre la vida allí donde encuentra una grieta para avanzar. A ojos vistas de los represores, la revista aparentaba ser una simple publicación referida a la música, ideológicamente inofensiva, en todo caso producto de un grupo de melenudos faloperos, vagos y malentretenidos. Sin embargo, en su primer año de vida, “El Expreso Imaginario” junto a las entrevistas a Spinetta, Piazzola, Nebbia, Gieco o Mc Laughlin y Pink Floyd publicó notas sobre Leda Valladares, la poesía aborigen, la contaminación del Río de la Plata, la alfarería de Anastasio Quiroga, la visión del mundo que tenían los guaraníes y la carta del jefe Piel Roja cuestionando la propiedad de la tierra. Todo esto, con imágenes y dibujos que provocaban una ruptura con la estética editorial de las revistas de aquella década. El personaje que identificaba a la revista era el rostro de un arlequín creado por Fontova. Carlos Ulanovsky en su libro “Paren las Rotativas” señala con acierto que El Expreso “fue una revista que fascinaría a toda una generación y avanzaría decisivamente en una forma de periodismo juvenil, alternativo, subterráneo, marginal, rockero, que introduciría los pilotes de un estilo de comunicación muy difícil de sostener en ese momento de sospechas, escasa apertura y fuerte represión”. PERIODISMO UNDER De los quince mil ejemplares de tirada inicial, El Expreso pronto alcanzaría los cuarenta mil y sumaría colaboradores tales como José Luis D’Amato, Eduardo Abel Giménez, Emilio Toibero, Diana Bellesi, David Lebón, Ralph Rotschild y Gloria Guerrero, entre otros. El correo de lectores sería una sección muy importante de la revista, era la “red social” de un tiempo en el que todavía se escribían cartas. Allí, una adolescente Sandra Russo escribiendo a ese correo decía “Juguemos a que somos los intentos hacia algo, a que no va a haber Correo de Lectores sino un café de por medio y la calidez de unos ojos que miran a otros y escuchan más que un puñado de palabras”. Las tapas de la revista eran concebidas por su director de Arte, Horacio Fontova, con un diseño que remitía al periodismo under norteamericano de los ‘60. Las historietas alternativas, los cuentos ilustrados o las fotonovelas humorísticas protagonizadas por integrantes del staff sumaban humor y desparpajo. Es que la revista estaba hecha a imagen y semejanza de sus editores. Pipo Lernoud recordaría que las reuniones de redacción de “El Expreso Imaginario” eran delirantes y creativas, “lo que hoy se llamaría un brain storming, sólo que las ideas y las tormentas eran muy extremas, motorizadas por la brillante imaginación de Jorge y el humor corrosivo del Negro Fontova. La redacción era como una extraña isla de libertad en medio de una ciudad callada y asustada”. “El Expreso Imaginario” también fue el canal de difusión de un incipiente grupo de artistas que comenzaban a surgir. Es por eso que muchos corresponsales que colaboraban con informaciones desde sus provincias también eran músicos. Un jovencito Rodolfo Páez, cuando todavía no era el famoso Fito, acercaba información de la trova rosarina. Nuestra ciudad tenía su corresponsal en el músico y editor under Ricardo Oscar Tersse. Una nueva estación La revista atravesó por varias etapas pero su fundador Jorge Pistochi se bajó en la primera cuando vio que “El Expreso” cambiaba de andén, de la mano del empresario Ohanian, hacía una Estación más comercial. Siguió un tiempo Lernoud como director y luego Roberto Pettinato, pero la mística de los primeros tiempos se fue perdiendo hasta desaparecer. Pistocchi seguiría atreviéndose con otras publicaciones, Zaff!! a principios de los ochenta y Pan Caliente en el 82, como un modo de seguir abriendo canales expresivos a escritores, músicos, poetas y artistas undergrounds. Fiel a sus principios, vivió con una austeridad extrema. Todo lo que ganó lo puso al servicio de sus proyectos culturales, o mejor dicho, contraculturales. El nuevo siglo lo encontró liderando la toma de la fábrica textil AMAT en Lavallol, la primera fábrica recuperada del país. Después armó un centro cultural en La Paternal e hizo resurgir “El Expreso” convertido en programa de radio por Internet. Su última morada, un conventillo en La Boca, donde se reunía con los músicos del grupo de percusión Afro Candombre, que él también integraba. El mismo que lo despidió musicalmente cuando hicieron el sepelio en su casa, a gusto y piacere de un Pistocchi que percutió la vida de manera intensa. Dicen que los artistas cuando mueren en realidad se van de gira. En este caso, cuando es un rockero el que se ausenta no se va de gira a ninguna parte, simplemente se va a vivir “a una casa con diez pinos, porque sabe que hacia el sur hay un lugar, ya que un jardín y sus amigos no se pueden comparar con el ruido infernal de esta guerra de ambición, para triunfar y conseguir dinero nada más, sin tiempo de mirar un jardín bajo el sol...”.

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Basta observar la medida densidad de sus gestos y escuchar la calmada suficiencia de su discurso para entender el tratamiento de “maestro sin diploma" que le dispensan aquellos que en algún momento compartieron cualquiera de sus sueños". Para muchos bastará decir que se llama Jorge Pistocchi. para otros que es necesario un poco de historia. Decir, por ejemplo. que desde hace unos veinte años a esta parte viene piloteando en la vanguardia de lo que dio en llamarse -para llamarse de alguna manera- "cultura alternativa". Recordar que impulso el nacimiento de los primeros grupos progresivos. Enumerar las publicaciones que dirigió. "Mordisco". Expreso Imaginario . ''Zaff- y "Pan Caliente". Para conocerlo mejor hay que hacer como con el lobo que desvela a las caperusas de siempre y preguntarle. -¿Por qué no empezás por describir el ambiente en que nació el movimiento cultural alternativo? - Bueno, comienza justamente en un momento de aguda represión como fue el año 66 bajo el gobierno de Onganía y surgió de gente que tenia bastante escepticismo por la respuesta que los políticos podían dar a esa circunstancia. Esa gente comenzó a reconocerse a sí mismos como marginados de la cultura casi todos los artistas de rock son intuitivos. Marginados por no encontrar canales donde volcar la necesidad de expresión que empiezan a juntarse y dar los primeros -productos de toda una creatividad que considero es el germen de la fuerza que tuyo todo el movimiento. -¿Qué juicio te merece la legalidad" del rock luego del 2 de abril? -Es una pregunta dificil de responder. porque si bien el rock ha pasado a una cierta “legalidad" en lo que respecta a la difusión y cuenta con un aparato de comercialización más fuerte. que hace que haya menos represión dentro de los recintos donde se hacen recitales, la cosa no está clara todavía. La búsqueda aún continúa y si los resultados de ella son aceptados o no está en duda. Sería como afirmar que los jóvenes han pasado definitivamente a la “legalidad" dentro del sistema y eso no ha ocurrido. desde mi punto de vista. -¿A qué se debe entonces el creciente interés por los jóvenes y su problemática que enuncian los medios de comunicación masiva e la mayoría de los partidos políticos? -Creo que eso se debe a que se ha producido una ruptura generacional, especialmente en los códigos de comunicación. Ese intento de comunicación e interpretación que dijiste es positivo, pero si no se trata de un intento de contactarse realmente con ellos solo lograrán descapitalizarlos e influir sobre ellos, nunca llegár.a reconectar ese quiebre que se ida en definitiva. entre seres humanos. - Cuáles son las causas que ves en esa se ruptura generacional? -Son muchas. Hay que entender que a partir del 75 y el 76 los jóvenes fueron las ve principales víctimas de presiones que se sucedieron pasando de lo político a lo económico. El hecho de enfrentarse a una posibilidad de guerra con Chile y a una guerra concreta como la de las Malvinas. donde vieron morir inútilmente a otros chicos redondearon una experiencia negativa, como no sufrió ninguna otra generación argentina. - ¿Cómo se manifiesta, entonces, la cultura juvenil? - En este momento es bastante difícil hablar de cultura con un país donde todo lo referente a ella ha estado digitado y los jóvenes han pasado por una especie de lavaje de cerebro, con muy pocas posibilidad de contactarse y cambiar ideas, salvo en el espacio que de alguna forma dio la música rock. Hay que tener en cuenta que en estos años hasta los bares o el andar de que de alguna forma dio la música rock. Hay que tener en cuenta que en estos años hasta los bares o el andar de noche -específicamente en Buenos Aires-  estuvieron vedados a los chicos que vivieron con esa paranoia de ser confundidos con subversivos. - En este momento el miedo se diluye, y aparecen atisbos de participación. ¿Cómo ves el desempeño de los jóvenes en esta nueva realidad? - La libertad es el aprendizaje más difícil. Reconocer los propios límites, los límites del otro y manejar las pasiones es difícil. Mal se puede esperar un correcto manejo de toda esa energía cuando todo lo que recibieron de sus, mayores fue nefasto. De cualquier forma creo que es sorprendente lo enteros que están los jóvenes a pesar de todo lo que han tenido que sufrir. Muchos se frenan en criticar alguna actitud violenta que generan aisladamente. Habría que recordarles que comparadas con la violencia que reciben esas actitudes son mínimas. La prueba de la sensatez queda graficada en el hecho de que los jóvenes piden por la paz en todo lugar que ocupen. -Vos fuiste y sos un protagonista fundamental de la prensa alternativa. ¿Que juicio te merece esa experiencia? -El movimiento de prensa alternativa fue un gran ejercicio, producto de esfuerzos muy grandes. Fundamentalmente fue un excelente ejercicio de encontrarse en un trabajo común. de empezar a jugar con la información. Asi como surgieron músicos intuitivos, hay un periodismo que se desarrolló de esa manera. De hecho en este momento hay muchos periodistas que se desempeñan en el periodismo profesional habiendo surgido de la prensa alternativa. -¿Qué puede suceder en esa integración? -Es de esperar que produzca cambios, pero eso depende de las presiones que ejerzan quienes manejan esos medios. Los medios importantes responden a sus propios intereses y no siempre permiten al periodista desarrollar toda su potencialidad como observador de la realidad. Volviendo a la prensa alternativa te digo que si contara con mínimos medios podría desarrollarse y formar una corriente de vida y opinión realmente importante. - Para terminar, ¿crees que algo del sueno que comenzó allá por el 66 pudo superar esa costumbre argentina de cortar la comunicación generacional y llegar a hoy marcando una línea de continuidad? -Sí, creo que algunas partes del sueño aún continúan vivas, aunque otras corren peligro. Ese sueño se cumple en la medida cn que sirva para integrar -como de hecho sucede en los festivales, a jóvenes de distinta extracción. Pocos partidos políticos pueden lograrlo. A la vez hay que parar el peligro de que el aparato de comercialización devore su contenido. Yo no temo demasiado porque todo este movimiento en sus ya 20 años de vida ha soportado distintos riesgos V de alguna u otra forma los ha ido superando. Eso se debe a que su potencialidad está fundamentada en la creatividad v si hay cosas que se pierden o se vacían de contenido, surgen otras personas que están buscando y viendo por dónde pasan las nuevas salidas, las nuevas respuestas.

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14 de febrero 1983

La revista Expreso Imaginario: bienvenidos al tren

por Martín Perez

Leer nota original haciendo clic aquí

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Auténtico mito editorial de la década de 1970, aquella revista apareció en los quioscos en agosto de 1976, apenas unos meses después del comienzo de la que sería la dictadura argentina más sangrienta. La Rolling Stone argentina pasó bajo el radar de la feroz dictadura, pero fue inmediatamente detectada por los músicos, y no sólo los rockeros: desde Charly García a Atahualpa Yupanqui supieron apreciar la novedad que para el periodismo cultural implicó la revista Expreso Imaginario. Enamorado de su estela, Martín Pérez estuvo años preparando esta historia. A la gente del estudio de abogados el asunto ya no le causaba ninguna gracia. Ellos eran gente seria, pero quienes ocupaban ese cuarto de la oficina que hasta hacía muy poco estaba libre decididamente no lo eran. En un principio el arreglo había sido que, ante la llegada de algún cliente, debían encerrarse y no asomar la cabeza hasta que se hubiese retirado, pero enseguida se hizo evidente que semejante pacto iba a ser algo difícil de cumplir. Aquel estudio presumía de formal, trabajaba a destajo y estaba decorado, según uno de sus dueños, “con lujo sibarítico”. Ubicado en el sexto piso de un edificio situado en la esquina de la avenida Corrientes y Uruguay, en pleno centro porteño, la oficina estaba dedicada casi exclusivamente a atender a la comunidad armenia, pero uno de sus socios —que también se dedicaba al rubro textil— decidió abrir una tercera línea de trabajo. Más relacionada con intereses personales que con buscar un sustento económico, hay que decirlo. Porque el abogado en cuestión se había asociado con un grupo de amigos presentados por un cliente —que, a esa altura de su relación, más que cliente era también otro amigo— y aceptado correr el riesgo de solventar económicamente la edición de una revista muy particular, cuya redacción comenzó a funcionar en ese pequeño cuarto extra del estudio. Una solución práctica pero cada vez más incómoda, porque muy rápidamente en los pasillos lujosamente alfombrados comenzó a haber gente durmiendo por las noches. Tampoco tardaron en descubrir que las botellas de un pequeño bar dedicado a agasajar a los clientes —y también a acompañar el final del día laboral de los socios— habían sido sigilosamente vaciadas y convenientemente rellenadas con agua. Finalmente, una tarde sucedió lo inevitable: uno de aquellos individuos de aspecto sospechoso que no dejaban de ser convocados por ese proyecto al que aquel cuartito le quedaba cada vez más pequeño decidió que no tenía ninguna gana de correr a encerrarse ante la llegada de un cliente. “Jorge Bonino nos dijo que estaba muy cómodo tirado en el piso, y que no iba a levantarse de allí”, recuerda entre risas Pipo Lernoud, uno de los primeros en embarcarse en aquella aventura. “Estar con Bonino es una experiencia fuerte, una constante sorpresa”, se puede leer al comienzo de la entrevista al legendario actor publicada en el primer número de la revista editada en aquel sexto piso sobre la avenida Corrientes. Aquella “constante sorpresa” es justamente la que debe de haber asustado a los clientes del estudio de abogados, que debieron compartir la sala de espera con un personaje que no dejaba de estudiarlos atentamente y sin disimulo. Alberto Ohanian recibió entonces el lógico ultimátum de sus socios —“la verdad que era un caos total”, reconoce—, y tuvo que buscar otro lugar para albergar el proyecto que le había presentado Jorge Pistocchi, que era editar una revista dedicada a la cultura rock y aledaños llamada Expreso Imaginario. Auténtico mito editorial de la década de 1970, aquella revista que figuró desde su primer número como dirigida por Pistocchi, Lernoud y Ohanian apareció en los quioscos —acompañada por una campaña de afiches callejeros, algo que se repitió durante los primeros números— en agosto de 1976, apenas unos meses después del comienzo de la que sería la dictadura argentina más sangrienta. Su existencia fue la clave para acceder a un mundo posible dentro de un entorno imposible, justo cuando el horror paralizaba el país. “En medio de un ‘viva la muerte’ generalizado, la actitud del Expreso era defender una conciencia profunda de seres humanos a pesar de todo y contra todo”, intenta explicar el responsable de esa revista-mito, cuya increíble aparición en tiempos tan duros acompañó a más de una generación de sobrevivientes. También disparó toda clase de leyendas e historias paranoicas y/o delirantes, la primera de las cuales fue la inevitable expulsión de aquella oficina ubicada en un edificio que —increíblemente— había sido noticia unos años antes de esta anécdota fundacional porque el descubrimiento de una falla estructural hizo temer por un derrumbe. Hubo clausura, desalojos, y una lenta y velada normalización de hecho, con la consiguiente reapertura de las oficinas sin que en realidad se hubiese solucionado nada. Incluso hay quien recuerda que, durante un tiempo, el subte que circulaba bajo la avenida Corrientes solía reducir su marcha entre las estaciones Callao y Uruguay por miedo a producir vibraciones que desatasen la anunciada catástrofe. Un detalle que, evidentemente, no podía ser tomado en cuenta por algo como el Expreso Imaginario. Porque, una vez comenzado el viaje, nadie lo iba a detener. Y aun más: el avance de semejante tren podría tranquilamente asumir el riesgo y la paradoja de ser el responsable de semejante siniestro y, al mismo tiempo —tal como mitifica el mismísimo Horacio Fontova, responsable del arte de la revista desde el primer número—, ser ellos los únicos dementes capaces de quedarse ahí arriba, esperando el derrumbe final. Mi querido amigo Jorge A la hora de presentar a un personaje único como Jorge Pistocchi, sus mismos compañeros de viaje del Expreso acuñan frases como “un gran abridor de puertas” o “un imán de personalidades que creen en su actitud inocente y despojada”. O destacan que, como señala Alberto Ohanian, “conversando con él tenías acceso a una mente privilegiada”. Pero tal vez la mejor forma de presentar a Pistocchi sea dejarlo contar cómo fue que, a comienzos de los años setenta, cobró una herencia que tardó apenas cinco años en dilapidar. “Dicen que la plata hace la felicidad, y por las dudas probé a ver si tenían razón”, resume el maquinista principal del Expreso, que con el dinero de su herencia les llegó a pagar el viaje a los integrantes del grupo Almendra para que fuesen a Estados Unidos a comprar los equipos necesarios para preparar esa ópera que iba a ser su obra maestra, pero finalmente nunca se llegó a concretar. “De no tener nada, de golpe me apareció todo ese dinero junto, que hizo que les perdiera el gusto a las cosas porque todo se volvía demasiado aparente. Afortunadamente me llegó con toda una experiencia detrás, pero durante el primer año realmente me dediqué a satisfacer todas las frustraciones que pude haber acumulado en el camino”, intenta explicar Pistocchi, el hombre sin el cual no habría historia que contar. Nacido en el cruce entre las avenidas Jujuy y Rivadavia, en pleno barrio Once, hijo de padre italiano y madre galesa, el niño Jorge se crio en los conventillos de la calle Lezica y estudió para ser ingeniero, como su padre, que se dedicó a la industria refractaria y trabajó en Altos Hornos Zapla y San Nicolás. “Pero yo no quería ser como mi viejo”, advierte rápidamente. “Como afortunadamente no estuve cerca de él, fui muy rebelde desde chico y tuve una vida con muy pocas barreras”. Atraído desde muy joven por el dibujo y la escultura, Pistocchi apenas terminó sus estudios en un colegio industrial de esos en los que terminan quienes realmente odian el colegio industrial, y se zambulló de lleno en la calle, explica, “con una tremenda pasión por el conocimiento”. Recuerda haber pasado por la Plaza de Mayo al día siguiente del sangriento bombardeo sobre la población civil perpetrado por quienes pretendían derrocar el gobierno de Juan Domingo Perón en 1955, y haber sido marcado por —según cuenta— un espectáculo del futuro. “Porque veías que no había límite”, esboza quien terminó siendo un joven fascinado, como toda su generación, por el rock que se escuchaba en la banda de sonido del film Semilla de maldad, que fue un suceso en lo que él considera un lugar tan reprimido como el Buenos Aires de aquella época. “Fue asombroso el estallido que produjo”, recuerda. “Se corrió la voz entre los pibes, que íbamos a verla una y otra vez para volver a escuchar esa música que alborotó una ciudad en la que para entrar en los cines y los bares la gente todavía tenía que vestirse de saco y corbata”, explica. Expreso Horizonte Aquella tarde, cuando el joven abogado de Citroën repasó los nombres de los oficios preparados para el día siguiente, no pudo evitar detenerse en uno que le sonó irresistiblemente familiar. “Luis Alberto Spinetta”, estaba escrito en el acta, y en ese mismo momento aquel lector solitario de la revista Pelo decidió que iba a ir personalmente a ese secuestro de automotor por falta de pago. “Generalmente no me presentaba en el lugar, pero quise ir a ver qué pasaba”, explica Alberto Ohanian, devenido en curioso repo man porteño. “Así que ahí estuve, a las seis de la mañana y junto al oficial de justicia, tocando el timbre en la casa de Arribeños. Y lo que me impactó fue la actitud de Luis, sumamente amable y atenta. Hasta nos pidió disculpas porque en vez del asiento del coche había unos ladrillos”, recuerda Ohanian, que aclara, por si hiciera falta, que realmente no quería secuestrarle el auto al líder de Almendra. “Aquel fue mi primer encuentro con Spinetta. Pero nos volvimos a encontrar esa misma tarde, y a los dos días me convertí en su abogado”. Así fue que Jorge Pistocchi conoció en su momento a Ohanian: como el abogado de Spinetta, al que inicialmente recurrió cuando necesitó vender unas propiedades buscando juntar dinero para un viaje. Pero mucho antes de que apareciese Ohanian en la historia, Jorge Pistocchi ya había reunido a su alrededor más de una vez a la gente que iba a abordar su Expreso Imaginario. En un principio, la idea original era editar un periódico quincenal que abordase la cultura juvenil que acompañaba al rock. “Queríamos extender la búsqueda que habíamos comenzado con Mordisco”, explica Pistocchi, que tenía como compinche en aquel entonces a Hugo Tavachnik, una suerte de Allen Ginsberg de la mítica primera escena beat porteña. “Sentíamos que Mordisco estaba demasiado atada y nos imaginábamos otra revista. Impregnada de música, sí, pero en la que lo realmente importante fuesen otros temas”. El aviso ocupaba dos páginas del número seis de Mordisco, editado en noviembre de 1974, cuando el flamante gobierno democrático multitudinariamente elegido apenas un año antes empezaba a crujir tras la muerte de Perón. “Esta generación tiene sus periódicos desde hace más de 100 años”, decía el epígrafe de la foto que ocupaba la primera página, en la que un señor de anteojos se concentra en la lectura de un diario que parece ser Crónica, o cualquier otro vespertino tradicional. En la otra página había una foto de varios jóvenes de jean, fumando tirados en el pasto. Su correspondiente texto anunciaba: “Ellos, tendrán que esperar hasta diciembre”. Pero el Expreso siguió de largo aquel diciembre, ya que sufrió, al igual que Pistocchi y su Mordisco, la estafa del socio de Jorge, que implicó que tanto él como su publicación quedaran prácticamente en la calle. Luego de aquel tropiezo, Mordisco llegó a editar dos números más y cumplir un año de vida antes de desaparecer de los quioscos, pero nunca dejó de anunciar la salida de la que sería su sucesora. “Estate atento, ya falta poco”, decía el aviso que ocupaba el reverso de la contratapa del último número, en el que ya figuraba el dibujo de aquel extraño dragón impulsando una locomotora que ilustraría la primera portada del Expreso. Aquel anuncio anticipaba temas de futuras notas, como John Lennon, Antonin Artaud, Syd Barrett o Buster Keaton, y también aparecían los nombres de Little Nemo y Crazy Cat (sic), dos historietas que fascinaban a Pistocchi, que había conseguido los derechos para publicarlas. Otro nombre anunciado era el de Caloi, que tenía lista para ser publicada en el Expreso la primera plancha de una melancólica y lisérgica historieta llamada Bartolo, un conductor de tranvía acompañado por un extraño pajarito a rayas y sin alas. Pero entre aquel auspicioso aviso y la efectiva salida del Expreso Imaginario pasaría más de un año, tiempo suficiente para que Bartolo pasase a ser parte integral de la renovación de la contratapa del diario Clarín —donde con los años pasaría a llamarse primero Clemente y Bartolo, y luego Clemente a secas, y se convirtió en una de las tiras más populares de la historieta argentina moderna— y para que Alberto Ohanian hiciera su aparición en la historia. También para que el escenario en que iba a salir semejante revista cambiase drásticamente. El cordero enardecido Cuando el joven ingresó en aquella apiñada redacción que funcionaba en una ruinosa buhardilla de Viamonte y Pasteur, que era a la vez el hogar de Pistocchi, se dio cuenta de que el traje había sido una mala idea. Fanático de Mordisco desde el primer número, porque le permitía una sensación de cercanía como lector, más cálida y con más vuelo que la ya tradicional Pelo, un inminente viaje a Inglaterra pagado con esfuerzo por sus padres le permitió a Alfredo Rosso atreverse a presentarse sin aviso previo en la redacción para ofrecerse como corresponsal. Aunque la aparición del cronista inexperto generó inicialmente una fría recepción, porque su vestimenta disparó todas las alarmas paranoicas e inmediatamente vieron en él a un policía de civil, finalmente Rosso pudo verbalizar su propuesta y recibió de respuesta un “dale nomás, pibe, mandate alguna nota desde allá”. Por supuesto que todas las crónicas de recitales que envió rigurosamente manuscritas desde aquel iniciático viaje a Londres —“vi a Bad Company con Jimmy Page y a los Faces con Keith Richards”, recuerda— fueron totalmente ignoradas, pero a su regreso fue invitado a sumarse a las huestes diezmadas de Mordisco, con lo que quedó en primera fila para ser parte del largamente demorado proyecto del Expreso Imaginario, para el que Pistocchi comenzaba nuevamente con esa sana costumbre de reunir gente a su alrededor. Su socio fundamental para esta empresa resultó ser Pipo Lernoud, poeta e ideólogo de la primera generación del rock argentino, autor de letras de temas como “Ayer nomás” y “La princesa dorada”, que grabaron respectivamente Moris y Tanguito, que por entonces era dueño de una empresa de pintura. Lernoud era tan personaje del medio como Pistocchi, pero ambos no se conocían personalmente, y los presentó un legendario plomo llamado Rosanrol. “Cuando Jorge se acercó con el proyecto yo me re copé con la idea inicial, que era usar el rock como vehículo para decir otras cosas”, cuenta Lernoud, que había publicado alguna que otra nota en Pelo y Algún Día —un efímero sucedáneo hippie de la revista de Ripoll— pero que recién se recibiría de periodista con el Expreso. El siguiente tripulante convocado por Pistocchi sería Horacio Fontova, a quien Lernoud ya conocía. “Con Pipo habíamos tenido una disputa amorosa”, recuerda Fontova. Y agrega, entre risas: “No entre él y yo, sino que con una mujer en el medio”. Precisa Lernoud: “Habíamos estado a punto de agarrarnos a trompadas, porque yo le había sacado una mina”. Según el Negro, había dos tipos de hippismo en aquella época: “Uno onda Ginsberg y otro onda Norberto Napolitano. Pipo estaba en la primera vertiente, del tipo ‘¿a quién hay que escribirle algo?’. Y yo militaba más en la segunda, que preguntaba a quién había que arrancarle los dientes”, enumera Fontova, que junto con Pistocchi y Lernoud encarnó el trío básico del proyecto. Aunque para completar aquella base inicial habría que sumar a otro trío, el integrado por Rosso y sus amigos Fernando Basabru y Claudio Kleiman, periodistas especializados en rock que con el tiempo adquirirían un nombre propio dentro del medio, pero que por entonces recién estaban haciendo sus primeros palotes. Ese fue el equipo básico —al que habría que sumarle el aporte del fotógrafo Uberto Sagramoso, la diagramación de Pelusa Confalonieri y la pluma de Edy la Foca Rodríguez, entre otros—, que estaba listo para lanzarse a la aventura apenas apareciese alguien dispuesto a invertir en el proyecto. Alguien como Alberto Ohanian, por ejemplo, que cuando Pistocchi fue a verlo para que lo ayudara a registrar legalmente los nombres Mordisco y Expreso Imaginario terminó sumándose al proyecto como ese inversor buscado durante tanto tiempo. “En aquella reunión Pistocchi me mostró una carpeta en la que desplegaba toda la idea, y yo por esas cosas del destino acababa de ver una película que me había deslumbrado llamada El cordero enardecido, o algo así, protagonizada por Jean-Louis Trintignant y que trataba de una cosa parecida, del vértigo de editar una revista. Entonces, después de escucharlo, le dije: ‘Bueno, la revista la voy a bancar yo’. Una decisión que me cambió la vida”, recuerda Ohanian, que con semejante anuncio terminaría cambiándole la vida a mucha gente, y no sólo a la tripulación reunida por Pistocchi para ese viaje de nunca empezar. Sílbame, oh cabeza “Cuando estaba en el último año del colegio era fanático del Expreso”, recordó alguna vez Juan Forn. “Más que una revista, para mí fue una puerta de acceso, porque con la coartada de la cultura rock no sólo me hablaba de bandas y de discos, sino también de actitudes, de libros, de pintores, de lugares, de gente que me empezó a abrir la cabeza. Era un acceso a miles de cosas interesantes en una época particularmente árida en cuanto a la circulación de información y de claves como fue la época de la dictadura, donde todo estaba censurado y todo era inmundo, aburrido, soso y católico de derecha”. El recuerdo de Forn es apenas un ejemplo de lo que significó la aparición del Expreso justo en un año en que los militares asumían el poder. “Nosotros sabíamos que había tres cosas de las que no podíamos hablar: de política, de religión y de drogas”, recuerda Pipo Lernoud. “Pero también teníamos muy claro que nuestro trabajo era decirlo todo a través de toda esa gente que nos deslumbraba. Agarrar a Kerouac o a Ferlinghetti y dejar que ellos dijeran lo que nosotros hubiésemos querido decir, pero no podíamos. León Gieco y Charly García hacían entonces lo mismo: el Expreso hacía lo que León hizo con ‘Tema de los mosquitos’ o Charly con ‘Canción de Alicia’. Decir las cosas sin decirlas. Pero la gente, que estaba igual que nosotros, las entendía”. Al recorrer las páginas de la primera época del Expreso, aquella de un formato grande, que no era ni diario ni revista, lo primero que sorprende es una frescura amateur que la publicación logró conservar durante gran parte de su existencia. Después están las notas, que reunían a Walt Whitman con un reportaje conjunto entre el tenista Guillermo Vilas y Spinetta, o si no una nota de Leda Valladares firmada por la hoy reconocida poeta Diana Bellessi con el relato de un viaje por el Amazonas y un reportaje a un mítico poeta escondido como Pedro Godoy. Suerte de matriz fundamental de toda publicación alternativa de ahí en adelante, de eso justamente se trató el Expreso desde el comienzo. De hacer circular claves escondidas, de reunir talentos atraídos por el influjo de Pistocchi, que confiesa no haber sabido nunca muy bien qué hacer en el Expreso. Pero sí por qué hacerlo. “Si al leer el Expreso y pensar en el horror de la época en que fue editado es inevitable imaginar que vivíamos en un mundo aparte, tengo que confesar que así fue. Nuestro mundo, efectivamente, era otro. Pero no era un mundo que se inventó para ese momento, sino que era un mundo que ya existía. Estaba ahí por la valentía de los artistas. Por eso ya desde la época de Mordisco me parecía que un proyecto de este tipo era un espacio que era importante abrir y defender. Porque en ese espacio ya habitaba un montón de gente, y lo único que nosotros hicimos fue poner en contacto aspectos generados dentro de esa cultura alternativa o marginal. Yo tengo una lectura mágica de las cosas, y no puedo menos que honrarla si me pongo a pensar en los factores que hicieron que todo un grupo de gente que se juntaba por primera vez a hacer algo juntos terminase haciendo lo que hicimos. Especialmente de la manera en que lo hicimos y cuando lo hicimos”. Dame una forma de vida “Por eso es que yo sostengo que la revolución de los sesenta terminó ganando”, argumenta Pipo Lernoud cuando se le comenta que las notas sobre ecología o el naturismo que por entonces sólo publicaba una revista como el Expreso hoy son algo común en las publicaciones más integradas. Una de las secciones más recordadas de aquel primer Expreso es una llamada “Guía práctica para habitar el planeta Tierra”, que abogaba por una vida más sana y una alimentación más natural. “En ese sentido fuimos muy pioneros, pero también muy criticados por eso”, recuerda Claudio Kleiman. “Porque por el lado de la intelectualidad nos criticaban a partir del eterno argumento de la izquierda orgánica, que cómo te vas a preocupar por los pingüinos cuando hay gente que se muere de hambre. Y por el lado de los rockeros aún no se veía como un imperativo categórico la necesidad de salvar el planeta. Si a los integrantes del grupo Arco Iris les decían ‘las amas de casa del rock’ por vivir en comunidad, imaginate lo que nos tocaba a nosotros”. Lo que les tocaba a los integrantes del Expreso, en realidad, era formar parte de una experiencia única, que cada uno supo vivir a pleno. “Me acuerdo del día en que un tal D’Amato entró completamente desnudo y se sentó en la reunión de producción como si nada. Ohanian y su esposa estaban consternados”, recuerda Roberto Pettinato, que de seducir a todos en la redacción al escribir al correo de lectores bajo el nombre de Laura Ponte pasó a incorporarse al staff, donde completaría su look Zappa con el descubrimiento de Tom Wolfe. “Creo que el Expreso fue la verdadera Rolling Stone argentina en todo sentido. Desde quedarse escribiendo hasta cualquier hora y tomarse muy en serio las declaraciones, los reportajes y los conceptos hasta entrar en la redacción y que uno de los directores estuviese secando una impresionante cantidad de cannabis que cubría por completo su escritorio. De la misma manera que la Rolling Stone de hoy en Estados Unidos no es la misma que antes, porque la copada era la otra, lo mismo pasa acá con el Expreso y todos sus herederos directos y no tanto”. Responsable del dibujo del bebé jugando a las bolitas con el mundo que ilustró la tapa del segundo número, el que para muchos marca el verdadero comienzo de la revista, Fontova recuerda un partido de fútbol que indignó a un Ohanian que estaba orgulloso de haber conseguido en la esquina de la avenida Cabildo y Teodoro García lo que consideraba un primer piso ideal para mudar la redacción, luego de haber sido echados del estudio por sus socios. “Me acuerdo del día en que nos mudamos al nuevo edificio. Cuando llegué estaba todo el mundo jugando al fútbol en la oficina, y ya habían roto un vidrio”, cuenta un desilusionado Ohanian. “Era como si la autodestrucción y la anarquía fuesen indispensables para transitar esa clase de experiencia”. Si algo recuerda Fontova de aquella primera tarde en esa esquina del coqueto barrio Belgrano, el hogar del Expreso hasta que dejó de editarse, es que el partido que estaban jugando no tenía nada de convencional. “Era un fútbol muy especial, porque como había cuatro o cinco cuartos con su correspondiente puerta, cada uno tenía su propio arco”, precisa el Negro con una carcajada que deja todo bien claro. No hay respuesta alrededor Más allá de algún servicio que llamaba a la puerta más o menos disimuladamente con la excusa de publicar algún aviso y de la permanente hostilidad puertas afuera de la redacción que sentían sus integrantes, que solían entrar y salir continuamente de las comisarías por su pelo largo, a ninguna autoridad pareció importarle mucho lo que hacía el Expreso. “Recuerdo que una vez ilustramos una nota sobre el parto natural con unas fotos bien explícitas, por lo que recibí el llamado de una tipa de la revista femenina Para Ti, que me preguntó cómo habíamos hecho para que nos las autorizaran”, cuenta Pipo Lernoud, que explica que nunca le pidió autorización a nadie para publicar nada. Pero también deja en claro que ellos sabían muy bien qué se podía publicar y qué no. “Alguna vez tuve acceso a informes de los servicios de inteligencia”, revela Ohanian. “No recuerdo los términos exactos, pero creo que para ellos éramos gente inocua. Despreciaban los efectos que podía generar un pasquín editado por tipos que para ellos eran delirantes e inofensivos”. Pero si el gobierno militar lo ignoraba, el mundo de los músicos estaba muy pendiente del Expreso. “Me acuerdo de que como respuesta al primer número llegó una carta de Charly García que publicamos en el correo de lectores. En ella nos felicitaba por la revista, y agregaba en un paréntesis ‘muy buena la sección de discos’. Todas las críticas de ese número las había escrito yo, y recuerdo que me impresionó que Charly leyera algo que yo había escrito”, recuerda Kleiman. Mientras que alguien evoca alguna escena de pugilato de Edelmiro Molinari contra un cronista que había escrito algo que le había molestado, nadie puede evitar comentar que Spinetta —amigo de Ohanian— llamaba siempre para quejarse, nunca para tirar buena onda. Las anécdotas preferidas sobre Luis Alberto involucran una comparación de Invisible con King Crimson que le puso los pelos de punta y la corrección por parte del siempre puntilloso e inolvidable Fernando Basabru de que aquellos 18 minutos inmortalizados en el título de uno de sus discos como el tiempo que tarda la luz del Sol en llegar a la Tierra eran en realidad... ¡segundos! Pero no todas fueron críticas: alguna vez Atahualpa Yupanqui dijo que la mejor nota que le habían hecho era la del Expreso. “Lo dijo en una conferencia de prensa del Festival de Cosquín, dedicado al folclore, y todos los periodistas presentes se preguntaban de qué revista hablaba”, recuerda Pipo Lernoud, factótum de aquel reportaje que fue tapa. “Fue el número que menos vendió, porque los folcloristas directamente no conocían la revista y los rockeros ignoraron completamente esa portada”. Pero tal vez la obra de Charly García sea la más vinculada con el Expreso. Lernoud asegura que el título “Inconsciente colectivo” sale de una nota sobre Jung titulada “Nuestro océano interior”, publicada en el número 18 de la revista, fechado en enero de 1978. Rosso explica que la mítica cita de Pete Townshend sobre el rock incluida en Yendo de la cama al living está extraída de una traducción suya, publicada también en el Expreso. Pero la prueba más fehaciente de que la invención de Pistocchi dejó una huella indeleble dentro de la historia del rock nacional es la portada original de La grasa de las capitales, el segundo álbum de Serú Girán. “Esa tapa fue una respuesta del grupo a una crítica desfavorable a uno de sus shows, en la que escribí que Serú Girán había mandado a sus dobles”, explica Lernoud. Por eso el arte de tapa del disco anuncia a “los dobles de Serú Girán”. El corte final “El Expreso nació con el Proceso y morirá con él” es una frase irónica acuñada por Claudio Kleiman cuando comenzó a saberse que, después de siete años, la existencia de la revista estaba llegando a su fin, lo que coincidía con el final del gobierno militar, que se denominó a sí mismo Proceso de Reorganización Nacional. La historia de la revista puede dividirse en tres grandes etapas: una inicial, con Pistocchi al frente —para muchos la mejor—, en que su sano eclecticismo permitió un equilibrio entre el profesionalismo y su endiosado amateurismo. Aquella época se terminó cuando Ohanian decidió abrir una productora de espectáculos, algo que Pistocchi consideró incompatible con la revista, tras lo que se retiró de escena y se llevó a Fontova con él. Allí comenzó una segunda época, con Lernoud al frente, más profesional y decididamente latinoamericanista en lo que a música se refiere. Esa época también terminó por algunas disputas con Ohanian, que impuso, por ejemplo, el regreso de Almendra como portada de la revista justo el mes en que John Lennon había sido asesinado en Nueva York, una tragedia que debió haber sido tapa. La etapa final del Expreso llegó con Roberto Pettinato al frente, tratando de poner al día una revista condenada a desaparecer. “Recuerdo que un día estábamos comiendo en un Pumper Nic, una franquicia que por entonces era novedosa, algo así como una versión local de McDonald’s, y Roberto dijo que a todos esos chicos no les interesaba un comino el Expreso. Y que de seguir así estábamos condenados”, cuenta Rosso, que se confiesa como el verdadero autor de aquella frase de combate —atribuida a Pettinato— que reza “basta con los indios cuchi-cuchi”, que tanto indigna a Pistocchi cuando recuerda esa última época de la revista. “A pesar de todo lo que digan, yo respeté la ideología de la revista en aquella última época en que todos se fueron peleando con Ohanian, que en realidad bancó la revista con sus negocios de medias y bombachas durante mucho tiempo”, evoca Pettinato. “Lo que pasa es que mi concepto era más moderno y actualizado a los momentos que se vivían. No podíamos seguir proponiendo inciensos y comida vegetariana, pero sí una visión más terrorífica del mundo, como si fuese un cuento de Ballard: terrorífico, incomprensible y fuera de nuestro control”. Mientras que Ohanian insiste en que el Expreso nunca vendió muchos ejemplares y asegura que el número más vendido —unos 9.000— fue el que tuvo a Queen en la tapa, Pistocchi calcula que en su mejor momento la revista arañó la cifra de 30.000 ejemplares. “Hace poco un distribuidor recordó que una vez el Expreso llegó una hora tarde al reparto, y los camiones la esperaron. Y eso sólo se hacía con una revista que vendía”, asegura el creador de un proyecto que editó su último número al terminar el año 1982. Y no alcanzó a despedirse de sus lectores. Simplemente dejó de salir. “El Expreso había perdido el alma con la partida de Pistocchi y Lernoud, y sólo sobrevivió mecánicamente. Hasta que ya no tenía más sentido editarla”, resume Ohanian, que un par de años más tarde le vendió el título a Magendra, la editorial de Pelo, que la reviviría a mediados de los ochenta para sacar apenas cinco números antes de volver a desaparecer. “Cuando Ripoll me llamó para comprar los derechos del nombre fue como sacarme una mochila de encima”, confiesa Ohanian. “Me permitió cortar totalmente mi relación con algo maravilloso, pero que también terminó siendo muy doloroso para mí.” Un nuevo comienzo A tono con su naturaleza, Jorge Pistocchi después del Expreso, durante los ochenta, supo fundar otro par de revistas, como Zaff! y Pan Caliente, que, pese a cargar con menos leyenda que sus anteriores emprendimientos editoriales, también pasaron a la historia. Pan Caliente, por ejemplo, por convocar a un festival por su supervivencia económica en el que participaron Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota, la famosa velada en que su desnudista Monona decidió quitarse todas sus prendas y los policías que velaban por la paz del evento dijeron la legendaria frase “o baja ella o subimos nosotros”. Luego se lo supo ver en el subsuelo de la galería Bond Street, en plena avenida Santa Fe, ocupando unos locales vacíos en lo que supo ser la prehistoria de esa suerte de megashow alternativo en que se terminó convirtiendo el paseo, lleno de locales de ropa, tatuadores y disquerías. Pero lo que Pistocchi recuerda con más precisión es su participación en la cooperativa de la fábrica textil Amat, en Monte Grande. Un emprendimiento que le dio trabajo a 200 personas durante la segunda mitad de los noventa, hoy considerado un antecedente histórico del movimiento de fábricas recuperadas luego de la crisis de 2001 en Argentina. El maquinista original del Expreso Imaginario asegura orgulloso que allí finalmente pudo llevar a la práctica todos los principios por los que había bregado originalmente en su revista. Cuando empezó a repercutir en los medios el fenómeno de Amat y su foto junto a sus nuevos compañeros de viaje salió publicada en algunos diarios, cuenta Pistocchi que un buen día Ripoll lo llamó a la fábrica. “Vino a verme y me devolvió el título de la revista”, revela. “‘Hacé lo que quieras’, me dijo”. Tal vez allí fue cuando comenzó a hacer lentamente las paces con una creación que, al contrario de lo que sucedió durante el trascurso de su existencia mes a mes en los quioscos, con el tiempo fue ganando credibilidad. “No me arrepiento de nada, y si tuviera que repetir la historia haría exactamente lo mismo. Porque si no hubiese sido por alguien como Ohanian, que tenía el dinero y la audacia suficientes como para embarcarse en una aventura, nada de esto hubiese sucedido”, asegura Pistocchi, que en el momento de hacerse esta nota estaba preparando una pequeña muestra dedicada a la historia de la revista. “Hace poco me reencontré con Miguel Grinberg, un periodista de aquellos lejanos comienzos, igual que yo, que me dijo que, aun si no iba nadie, si estábamos sólo nosotros sentados ahí, iba a servir para celebrar nuestra supervivencia. Pero lo menos que podemos hacer es intentar seguir haciendo cosas, en una época en la que aún está en juego la posible supervivencia o no de todo el género humano”. Palabras de Pistocchi. Palabras del Expreso Imaginario. (del autor) “Te enamoraste de Pistocchi”. Eso fue lo primero que me dijo Pipo Lernoud luego de leer la nota sobre el Expreso Imaginario, para la que casi dos décadas atrás entrevisté a todos los que tenía cerca que habían participado en la empresa. A algunos los conocía desde siempre como colegas en esto del periodismo de rock, como Alfredo Rosso o Claudio Kleiman. A otros me los presentaron ellos, como Pipo, amigo cercano de Alfredo y a esa altura ya un amigo personal más. O si no me había puesto en contacto gracias a que ellos me habían pasado sus datos, como fue el caso de Horacio Fontova y Roberto Pettinato. Pero a Jorge Pistocchi llegué porque fue él quien quiso hablar conmigo: estaba preparando una exposición evocando su antiguo proyecto y quería promocionarla. Pipo tenía razón: me había fascinado su vida, al punto de que no me alcanzó con una sola entrevista y tuve que volver por más. “No te preocupes: a todos les pasa lo mismo”, me disculpó Lernoud. Hay notas que uno siempre quiere hacer, pero hay que esperar que sean noticia para poder hacerlas. Porque es entonces cuando, en vez de tener que salir a tocar timbres, vienen a tocar el tuyo. Como a todos los que se han dedicado al periodismo de rock en Argentina, siempre me apasionó el mito del Expreso, esa suerte de Arca de Noé de la cultura rock local durante la tierra arrasada de la dictadura. Y siempre me intrigó también la figura de Pistocchi, un extraño duende contracultural capaz de convocar talentos para toda clase de proyectos, siempre llenos de imaginación y rebeldía. Algo que hizo hasta último momento: cuando falleció, en 2015, a los 75 años, se las había ingeniado para hacer funcionar lo que llamaba el Centro Cultural Expreso Imaginario, una casa de puertas abiertas en el barrio porteño La Boca desde donde hacía un programa de radio y se vinculaba directamente con los vecinos. Este artículo se publicó 13 años antes de su muerte, cuando estaba recién empezando a hacer las paces con aquella historia iniciática para tantos, y había incluso empezado a soñar con algún tipo de regreso. De hecho, para la exposición quería presentar también una revista con artículos nuevos, que terminó teniendo el formato de un sobre enorme con las páginas sueltas adentro. Eso también fue el Expreso Imaginario. Pero cuando habló conmigo aún no tenía nada claro, por eso nada de eso está incluido en la nota. Después de publicada, cuando me llamó para agradecerme, también me ofreció el cargo de jefe de redacción de su nuevo emprendimiento. Me pareció un gesto algo exagerado, así que decliné lo más educadamente que pude la propuesta, pero supongo que así fue que Pistocchi llevó adelante todas sus ideas: a fuerza de arrebatos que a los demás podrían haberles parecido exagerados, pero que para él eran perfectamente normales, apenas un día más en una vida excepcional. Cuando se publicó en su momento, esta historia fue tapa del suplemento “Radar” del diario argentino Página 12, que se disfrazó ese domingo del Expreso Imaginario, imitando el diseño de la portada de su legendario número inicial gracias al trabajo de Alejandro Ros, otro fanático de la publicación. Siempre me pareció que gracias a este artículo me terminé de ganar el respeto de todos mis entrevistados, con los que pocos años después terminé llevando adelante el proyecto de la revista La Mano. Es más: el mecenas de Pistocchi durante el tiempo en que estuvo planeando la muestra fue el mismo que puso el dinero para el flamante mensuario, y la redacción —durante los primeros años, al menos— ocupó el mismo cuarto donde él terminó de amigarse con el Expreso. Pero, como se dice en estos casos, esa ya es otra historia.

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16 de setiembre 2015

La noche del domingo 27 de septiembre, con un eclipse de luna roja como testigo, el editor y agitador cultural Jorge Pistocchi cerró los ojos por última vez. La noche anterior, en el conventillo de La Boca donde vivía, había sido anfitrión del festival Be Free Rioba. “Sean libres” fue su último mensaje. Eso leyeron los vecinos del barrio de la Ribera en el afiche colorido, que, pegado en las paredes cercanas al conventillo, quedó como testigo de su última acción cultural. En homenaje al hacedor de las revistas Expreso Imaginario, Pan Caliente, Mordisco y Zaff, los autores y directores del documental “Blues de los plomos” (2013), Gabriel Patrono y Paulo Soria, recuperan la entrevista inédita que le realizaron en 2011 durante la producción del film. 

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El legendario editor viene de pasar momentos bravos, pero no se detiene. Problemas de salud y habitacionales lo tuvieron a las corridas estos años. Como si fuera un hombre fuera del tiempo, que no encaja en ningún lugar, y sin embargo está. Jorge no usa celulares y su paradero es errático. Cuando llegamos al encuentro, se había olvidado de nosotros y de la entrevista. Entre mates y galletitas de agua, en una casita que le prestan después de las cinco de la tarde en el barrio de La Boca donde funciona su espacio de trabajo y reuniones, rodeado de pibes de veinte años que lo acompañan en sus andanzas y lo vuelven loco, Pistocchi recorre su vida con la potencia de alguien que ha vivido intensamente. En su discurso no hay queja ni dolor. Sus palabras nos remiten a un hombre lleno de proyectos, amigos, ilusiones. La charla sucede una fría tarde de invierno mientras sueña con y trabaja en una resurrección de la revista Expreso Imaginario. Pero esta vez en formato centro cultural, radio y web. —¿Cuándo aparece el rock en tu vida? —Lo que se desarrolló bajo el nombre rock and roll fue un movimiento muy particular que viví desde sus inicios, en los años ‘50. Como toda mi generación, cuando tenía quince años escuché “Bailando al compás del reloj”, de Bill Halley, y ahí empezó todo. Mi lectura es que a todos los que nacimos a partir de los años ‘40 nos tocó vivir una etapa de un quiebre muy profundo. A nivel social, cultural, tecnológico y desde todo punto de vista. Alrededor de los años ‘50, en especial en la Argentina, se da una situación muy particular, con los bombardeos de Plaza de Mayo y la caída de Perón, que era una imagen de alguien todopoderoso que de repente se cae. Socialmente fue un impacto muy grande que repercutió en distintos sectores de la sociedad de distintos modos. El cambio tecnológico también fue muy grande. Yo vi el primer televisor en una vidriera, cuando tenía 10 años. Son transformaciones muy grandes, que ahora se las ve desde otro punto de vista. Justo en ese momento nace el rock and roll. Ahora cuesta entender lo que significó ese cambio. Estamos atrapados en el mundo tecnológico. En ese momento, el mundo tecnológico casi no existía. —¿Y vos cómo viviste ese cambio? —La llegada del rock significó, dentro de algunos sectores de la sociedad, sobre todo el más marginal, el reconocimiento de otro mundo. Un quiebre que a muchos de mi generación nos pegó muy fuerte. En esos años se produjo el embrión de todo el movimiento, con artistas increíbles como Chubby Checker, Bill Halley, Little Richard y todos los que fueron parte de esa explosión. En una sociedad tan estructurada como la que había en ese momento en Buenos Aires, donde no se podía ni entrar en cines y bares sin saco y corbata, de pronto el rock despertó muchas cosas, como que mucha gente joven se pusiera a bailar furiosamente en un cine. Eran cosas inconcebibles. A mí me tocó participar dentro de todo ese período en el que los jóvenes no veíamos mucha salida, porque lo que había no nos gustaba, como conseguir un empleo, ser uno más. Entonces de a poco nos fuimos juntando. Personalmente, terminé preso a los 18 años. Me guardaron, no por mucho tiempo, pero me sirvió para reconocer ciertos encantos en la libertad que hasta ese momento no había reconocido. Justamente estando preso conocí a varios pibes que después fueron algunos de los primeros roqueros de acá, y también a algunos tangueros, que eran tipos bravos pero yo no lo sabía. —¿Ahí empieza todo para vos? —Un tiempo después de ese episodio en la cárcel me fui a vivir cerca de La Perla del Once. Muchas noches iba a ese lugar con mi amigo el poeta Hugo Tabachnik. Me asombró ver que en La Perla apareciera esta gente, y ahí recuperé el contacto con mucha de la gente de los inicios y conocí a otros. Yo era un poco más grande que ellos. Ahí estaban todos los primeros roqueros de acá. Me hice muy amigo de ellos, sobre todo de Miguel Abuelo, que vivía en la marginalidad. Por eso pienso que el rock reunió a distintos sectores sociales. Es un emergente de la opresión cultural de las ciudades, equivalente a lo que en su momento pasó con el tango. El rock de algún modo reemplaza ese lugar que había estado ocupado por los tangueros, como forma de expresión popular. Por mucho tiempo, estar en el rock fue como ser hincha de un club, ser parte de algo bastante irracional. —¿Cómo fue tu participación en esos tiempos con la gente del rock? —Fue bastante circunstancial. Desde chico tuve gran vocación por la plástica y por la escultura. Después de ese período tumultuoso en el que caí preso, salí en libertad en los primeros ‘60. Me costaba mucho insertarme socialmente y en la plástica estaban pasando muchas cosas acá. En Buenos Aires había una vida bohemia muy intensa. La vida en los bares que estaban abiertos las veinticuatro horas, una diversidad de grupos y propuestas muy fuertes. El arte estaba en las calles. Había un poco más de guita también, y eso influye. La gente tenía un poco más de tiempo. Después, en los años ‘70, todo eso tan alucinante se termina. —¿Cómo vivías en esos años? —A fines de los ‘60 cobré una herencia muy grande. De no tener absolutamente nada pasé en muy poco tiempo a ser rico. Me compré una bohardilla alucinante en Once. Me encontré con una amiga, relacionada con el Instituto Di Tella, un lugar que reunió a mucha gente interesante en esa época. Ella me contó que su novio era productor de un grupo muy bueno que resultó ser Almendra. Yo había estado en Perú un tiempo y no sabía mucho de ellos. Me los hizo escuchar y me asombró que se estuviera haciendo esa música acá. Me enteré de que estaban por sacar un primer long play, planeaban hacer una ópera, y necesitaban equipos. Yo tenía muchísima plata en ese tiempo. En cinco años me la gasté toda. Les dije “yo se los compro”. Pero de onda, para ayudarlos, no me interesaba ninguna otra cosa. Y los ayudé mucho, como ayudé siempre a todos los del rock de acá. —Te gustaba estar con ellos… —Me parecían alucinantes. Paralelamente me entero de que Miguel Abuelo no tenía dónde vivir y se vino a mi casa. Yo ni sabía que él tocaba y componía. Lo conocía, pero nunca lo había escuchado. Cuando lo escuché, me pareció tremendo el talento que tenía. A partir de ahí mi casa se fue transformando en un circo lleno de locos. Yo también era un loco. Ahí conozco el rock desde adentro, porque en mi casa paraban todos. Spinetta, Pappo, Pomo y muchos otros. Todos tomábamos mucho ácido, aparte de porro. Pero afortunadamente no estaba la merca. Así es como aparezco yo en todo esto. —Estamos investigando sobre los primeros plomos del rock. ¿Cómo aparecen? ¿Qué pensás del mundo de los plomos? —Al plomo de Los Gatos, Actemín, lo conocí mucho. Incluso recuerdo que tocó en un festival para los carnavales, cerca de la costa. Él también tocaba y actuó esa noche con Pappo. Los dos vivieron durante un tiempo en mi casa en esa época. Al final los tuve que echar a los dos porque eran algo terrible. Eso fue en el ‘70. El mundo de los plomos es muy vasto. Un movimiento activo que en esos años participaba de lo que se estaba gestando. Me acuerdo de tipos como Palito y Comanche, plomos de los inicios. Eran gente bravísima. Yo los he visto pelearse contra veinte. Eran parte de los distintos mundos que el rock aglutinaba. Había otro plomo de aquellos años, Tito Ingenieri. Un histórico que estuvo ocho años encerrado en el Borda. Es un gran escultor. Vive en Quilmes. He sido amigo de todos ellos. Y de Manija, un plomo que tenía las piernas medio deformes y era una especie de capo barrabrava también muy tremendo. Ellos estaban cerca de lo más pesado del rock, pero eran parte de lo que llamábamos “el circo”. A veces cobraban y la mayoría de las veces no. No era una relación económica, era más una cuestión de estar juntos. A la vez no había distinciones, cada uno tenia un valor en sí mismo. —¿Y cómo lo recordás a Rosanroll? —Fue de los primeros plomos. De aspecto parecía oligofrénico, pero era muy lúcido. Decía cosas que sorprendían. Él aparece en mi vida por los grupos de rock con los que me empecé a relacionar. Esto no se puede separar del contexto de la época, en la que había una represión tremenda. A Pappo y a Miguel Abuelo les han dado palizas terribles, sólo por ser rebeldes. Después de los shows de los grupos de la época como Almendra o Viento, el grupo de Edelmiro Molinari, íbamos a comer todos juntos. Eran mesas inmensas y estaban también los plomos. Después, con los años, cuando empezó a profesionalizarse más la cosa, empezó a ser un trabajo, pero al principio no era así. Había un espíritu muy distinto que después se cayó. —¿Y él llego a trabajar con vos?—Cuando saqué la revista Mordisco, Rosanroll escribía sobre los chismes del rock, y lo hacía con mucha gracia. No es que me interesaba mucho el tema, pero me parecía muy divertido cómo lo hacía, porque además sabía vida y obra de todo el mundo. A la vez esa columna le servía a los músicos porque él hablaba de que aquel grupo cambiaba algún integrante, se separaba o estaba por grabar algo nuevo. Ros, como le decíamos, escribía algunas cosas que eran una maravilla. Me acuerdo por ejemplo que cuando David Lebón estaba entusiasmado con el gurú Maharishi, Ros lo comentaba y decía cosas como “¿hasta cuándo tendremos que soportar otro dios que no sea el rock?”. Ese tipo de cosas era muy característico en él. Era libre, y sus comentarios eran muy cáusticos. Y era muy creativo. Me acuerdo de un fotomontaje que creó para su columna en el que se tiraba con un paraguas. Hacía esas cosas. Todo eso pasaba porque él siempre estaba en la redacción y tenía muchos chismes del ambiente. Entonces le decíamos “dale, escribí”. —¿Cuándo fue todo esto? —Esta experiencia de Mordisco fue en el ’73, ’74 y un poco del ’75. Fue antes de Expreso Imaginario. Ros vivía prácticamente en la redacción. La revista dejó de salir porque nos estafó el productor. Yo ya no tenía un peso. —¿Ya no eras el mecenas del rock? —(Se ríe) No, claro. No era más nada. Llegó un momento para nosotros muy difícil. Mordisco se vendía muy bien, pero nos tocó un estafador en el camino y no la pudimos sacar más. Pero a la vez ya me había enganchado con la idea de sacar una nueva publicación. Sabía de la potencia que tenía hacer un medio que nos represente, porque estaba la revista Pelo, pero que se dedicaba al negocio de la música. Nosotros íbamos más allá. En esos años se había ido mucha gente afuera; músicos como Miguel Abuelo y otros amigos se habían ido del país por la situación que se venía. Yo no encontraba gente para esta nueva revista que quería hacer. Entonces el plomo del rock Rosanroll fue quien me dijo que hablase con Pipo Lernoud, con quien al poco tiempo pudimos concretar la fundación de Expreso Imaginario. Ros era un gran conector de gente, con una capacidad enorme para eso, a pesar de que era un tipo muy rudimentario, pero muy agudo en sus observaciones. Los músicos escuchaban sus críticas con mucha atención. Hablaba de una manera muy torpe. Entonces en lugar de decir “rock and roll” decía “rosanroll”. Por eso le quedó ese nombre. Después se fue a Brasil y nunca más volví a tener noticias de él. Se movía en un mundo realmente muy pesado. Es uno de los olvidados próceres del submundo de la ciudad. Fue plomo de Litto Nebbia, Tanguito, Pappo y Spinetta. —Tuviste el enorme placer de trabajar con Pescado Rabioso. —Trabajé con ellos. Incluso conocía a Carlos Cutaia, el tecladista, desde antes. Más que trabajar, los ayudé mucho. Comprando equipos y colaborando en lo que el grupo necesitara. Con Pescado estuve muy relacionado porque cuando Spinetta volvió de su viaje a Europa él se vino a vivir a mi casa. Ahí estaba la base de operaciones y se gestaron un montón de cosas. http://lanan.com.ar/jorge-pistocchi/

Expreso Imaginario: Viajeros del Tiempo

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CÉSAR PUCHETA
Periodista. Desde el 2012 desarrolla su actividad profesional en Radio Nacional Córdoba y forma parte del staff de colaboradores de la Revista El Sur (Río Cuarto), el periódico El Observador y Radio Urbana (Monte Maíz, Córdoba) a la vez que realiza diversos trabajos periodísticos para otros medios. Co autor del libro "Bienvenidos al Show"

Nota original clic aquí

César-Pucheta_avatar_1404137178-100x100.

El mes que termina fue el mes de la Expreso Imaginario. A 40 años de su número de lanzamiento, la publicación que apareció en los kioscos porteños el 6 de agosto de 1976 volvió a estar en la mirada y los recuerdos de sus viejos lectores y protagonistas. Esta vez, incluso, con festejos auspiciados desde las propias órbitas institucionales que le rindieron homenaje durante dos fines de semana en el Centro Cultural Kirchner. Otra Canción no quiso estar ajena a esas conmemoraciones que se sucedieron a lo largo de todo el mes a modo de reconocimiento para uno de los emblemas de la contracultura en nuestro país. Por eso, desempolvamos los archivos, hablamos con algunos de sus referentes e intentamos (a nuestro modo) de mantener encendida la llama de la libertad que esa forma alternativa de ver el mundo alimentó desde sus páginas iluminando aunque sea un poco una de las épocas más oscuras de la República Argentina. Entre agosto de 1976 y enero de 1983, el proyecto Expreso Imaginario logró reunir a buena parte del capital contracultural más importante del país. El contexto social y político en el cual la revista se insertó explica en gran medida la leyenda alrededor de una publicación que se planteó como una voz de resistencia sin la necesidad de proclamarlo. Simplemente, elevándola. Durante 78 números, sus páginas presentaron notas que lograron introducir un abanico temático tan extenso que podía andar desde los poetas de la beat generation, la ecología y las culturas originarias de América Latina hasta el teatro kabuki japonés, la meditación, y las filosofías orientales. En el medio, una apertura inédita que rompía la lógica imperante en medio del oscurantismo más grande de la historia argentina moderna. “Todo era un experimento” señala Pipo Lernoud, uno de los fundamentales de esta historia, en diálogo con Otra Canción. “Cuando empezamos a hablar de ecología, por ejemplo, no sabíamos mucho. Después yo me dediqué a estudiar, pero en ese momento estábamos aprendiendo. Entonces, aparecía un tipo como (Jose Luis) D´Amato que tenía un conocimiento más científico y técnico y aprendíamos de él e íbamos buscando y descubriendo temas. Así era todo. Leíamos un reportaje a Gary Snyder, que para mí fue muy importante, él tiraba un montón de temas que nos abrían la curiosidad de querer saber más. Hablábamos con Gismonti que hablaba de los indios del amazonas, estudiábamos a los indios del amazonas y hacíamos una nota sobre eso. Estábamos permanentemente descubriendo mundos nuevos y esos mundos nuevos aparecían en la revista”. El mundo del que Expreso Imaginario daba cuenta era el que había germinado con las primeras gestas contraculturales de nuestro país de mediados del siglo pasado. Esas pequeñas grandes historias que se forjaron en las plazas, los parques y los bares porteños de finales de los sesenta y comienzos de los setenta. Las de los cineclubes, de la bohemia de la calle Corrientes, del Instituto Di Tella y de los claustros universitarios más abiertos a las nuevas corrientes estéticas que comenzaban a llegar desde todos los rincones del mundo. Ese mundo, al que sus protagonistas confluyeron mucho antes que la revista apareciera en los kioscos -claro está-, pero que profundizó una idea de comunidad que sobrepasó los límites de quienes escribían y quienes leían con una potencia inédita que probablemente no se haya repetido en la historia editorial de nuestro país. En un artículo titulado “Náufragos a estribor”, Jose Luis D´Amato reconoce esa característica primigenia y distintiva de la revista: “Escribíamos sobre “los pajaritos” mientras la realidad que nos tocaba vivir afuera de la redacción estaba bañada de sangre, dolor y lágrimas. Pero lo nuestro, en verdad, si era inocencia, era una inocencia adquirida. Teníamos conciencia de que nuestros pajaritos eran más bien palomas mensajeras que transportaban un contrabando hormiga: pequeñas y encriptadas piezas para que los que vendrían detrás nuestro pudieran armar, del otro lado de la frontera, sus propias bombas el día que amaneciera de nuevo”. “No sé qué hubiese sido de nosotros sin Expreso Imaginario” dice Claudio Kleiman. Y ese “nosotros” no sólo abraza a quienes hacían la revista sino a todo ese bloque generacional que se sumergió en sus páginas. “Logramos crearnos una balsa, una especie de burbuja. Un micromundo que nos alejaba del horror. Teníamos muy en claro los peligros del afuera pero logramos crearnos una realidad que era más vivible de lo que realmente se estaba viviendo en la sociedad” señala a Otra Canción. Pipo cree lo mismo: “Fue un refugio para nosotros y para nuestros amigos. Andando juntos, yendo a los mismos lugares o a los mismos recitales, integramos a un montón de gente que si no fuera por eso hubiese estado en peligro. De alguna manera, formamos un grupo que se movía en conjunto todo el tiempo. Con mucho disimulo porque por aquellos años no se podía andar en grupo, pero logramos funcionar como una especie de comunidad, como un refugio en un momento muy duro”. La revista Expreso Imaginario fue producto de una idea que se generó en la cabeza de Jorge Pistocchi. “Él es el padre de todo el asunto. Todo lo que hicimos fue porque Jorge puso en movimiento la pelota y porque puso un estándar muy alto de creatividad. Jorge no era como lo que hoy conocemos como un periodista profesional pero era un tipo con una creatividad impresionante y todo lo que hizo partía desde allí. Todo lo que hacía estaba lleno de contenido. Fue un maestro para mí y para muchos de nosotros. En todo, Jorge siempre tenía una idea mejor que la de cualquier otro y, de alguna manera, el Expreso fue lo que fue porque él tuvo tantas ideas” recuerda Pipo, quien compartió la dirección editorial de la revista durante la parte más original de su existencia. Pistocchi era una especie de creativo con impulso que había logrado hacerse de unos pesos que le permitieron encabezar algunos proyectos relacionados con la música y el periodismo. Había sido algo así como el manager de Almendra, mantenía un fuerte lazo de amistad con Luis Alberto Spinetta y hacia 1974 era el editor de la revista Mordisco, una publicación especializada en la naciente cultura rock de nuestro país. Esa revista se publicó entre finales de 1974 y principio de 1975. Desde sus páginas se anunció la llegada de la Expreso Imaginario, aunque los vaivenes de la historia iban a retrasar ese nacimiento. Luego de que la última contratapa de Mordisco proclamara la llegada de la nueva publicación, el horizonte urgente señalaba que era necesario buscar financiamiento. Hacia finales de 1975, el dinero apareció de la mano de Alberto Ohanián. Pipo recuerda que cuando ya todo estaba listo se miraron y dijeron, “mejor la saquemos el año que viene“. Pero al momento de salir, el gobierno de Isabel Perón cayó en una nueva emboscada militar. “Medio como que nos asustamos. Decidimos esperar un poco, ver cómo venía la mano y la sacamos en agosto. Esas fueron las razones, pero creo que debe tener que ver con alguna forma mágica», recuerda Lernoud. Desde sus páginas, la Expreso se sabía caminando entre finos límites ceñidos por la batalla entre la audacia y el instinto de supervivencia. Más allá de movimientos y visitas protagonizadas por personajes que “evidentemente eran de los servicios”, Lernoud dice que el proyecto caminó porque más allá de los cuidados necesarios, los militares no lo entendían. “Creo que lo tomaban como una válvula de escape y preferían que los pibes leyeran eso y no Palabra Obrera o algo así relacionado más directamente con la política”. En noviembre de 1977, las balas empezaron a picar cerca. En un discurso pronunciado en la Universidad del Salvador, el Almirante Emilio Massera instó a no seguir el ejemplo de los jóvenes “que se inician en el rock y derivan en la guerrilla”. “Los jóvenes se tornan indiferentes a nuestro mundo y empiezan a edificar su universo que se superpone con el de los adultos sin la menor intención (al principio) de agredirlo deliberadamente (…) hacen de sí misma una casta fuerte, se convierten en una sociedad secreta a la vista de todos, celebran sus ritos (la música, la ropa) con total indiferencia y hoy buscan siempre identificaciones horizontales, despreciando toda relación vertical (…) Después, algunos de ellos trocarán su neutralidad, su pacifismo abúlico, por el estremecimiento de la fe terrorista, derivación previsible de una escalada sensorial de nítido itinerario, que comienza con una concepción tan arbitrariamente sacralizadota del amor, que para ellos casi deja de ser una ceremonia privada. Se continúa con el amor promiscuo, se prolonga en las drogas alucinógenas y en la ruptura de los últimos lazos con la realidad objetiva común y desemboca al fin en la muerte, la ajena o la propia, poco importa, ya que la destrucción estará justificada por la redención social que algunos manipuladores (generalmente adultos) les han acercado para que jerarquicen con una ideología, lo que fue una carrera enloquecedora hacia la más exasperada exaltación de los sentidos” fue el pronunciamiento del Jefe de la Armada. Al día siguiente, D´Amato tuvo que archivar una extensa nota sobre la era de acuario. No eran tiempos para el hombre sensorial. “Pistocchi lo puso en la pared de la redacción para que estuviésemos consiente de lo que estaba pasando” recuerda Pipo. “Ahí nos empezamos a cuidar el doble porque dijimos “bueno, ahora nos toca a nosotros” La generación del rock Alguna vez alguien debería atreverse a escribir una historia comparada del periodismo de rock en la Argentina. Animarse a identificar el corpus de diferencias que coexistieron a lo largo de medio siglo de vida autóctona. La Expreso Imaginario tendrá en ese estudio un lugar preponderante. Martín Graziano es co-autor de “Estación imposible”, donde se narra detalladamente el devenir de la publicación. Para él, en esa redacción nació “el decanato del periodismo especializado en rock”. “Alfredo Rosso, Claudio Kleiman, Pipo Lernoud, Fernando Basabru, Roberto Petinatto. Es el embrión de lo que hoy conocemos como la crítica de rock en la Argentina. Había antes, por supuesto, pero no con ese grado de oficio y sofisticación. Lo que uno puede encontrar en Pelo o en publicaciones como las de Pistocchi, Grimberg o el propio Lernoud, son escritos de activistas. De gente que tenía que ver en mayor o en menor medida con el movimiento y que en algún momento decidían hacer una revista. En la Expreso Imaginario hubo tipos que se dedicaron y profundizaron en el estudio de una música popular como el rock, que en ese momento no era tomado en serio, y llevaron ese discurso a otro plano” dice el periodista nacido en Tres Arroyos.. Cuando Pistocchi decidió que iba a lanzar la revista, Mordisco era una de las tantas publicaciones de vida efímera que giraban en torno a la cultura rock que aún no alcanzaba la década de actividad continua. Con matices diferenciales, es necesario señalar la existencia de revistas como Algún Día, La Bella Gente, Estornudo, Cronopios o la Eco Contemporáneo de Grimberg. Todas ellas convivían con aquellas iniciativas subterráneas nacidas de las necesidades expresivas de los primeros rockeros locales que, en muchos casos, no pasaron del número inaugural. El ejemplo que aparece como paradigma de este tipo de experiencias es la única edición de Rolanroc que se repartió en las presentaciones del disco Artaud en el Teatro Astral. Allí, Luis Alberto Spinetta publicó su manifiesto “Rock, música dura, la suicidada por la sociedad” como colofón de una publicación que se proponía una discusión madura con respecto al universo artístico en el que el rock se movía, discutiendo incluso con las lógicas expresadas desde el motor periodístico de lo que se podría entender hoy como el establishment roquero de la época: la revista Pelo. La Expreso se movía por ese andarivel. “Nos propusimos considerar al rock como arte porque fue algo nuevo que hizo el Expreso. Puso al rock como una disciplina artística y no cómo una cosa más en la industria del entretenimiento” advierte Pipo. “Los músicos ya no se vieron reflejados como lo hacía la Revista Pelo, que los referenciaba como estrellas, que destacaba el pelito y la postura al tocar la guitarra. Nosotros analizábamos las letras, hablábamos del contenido de los discos y les exigíamos a todos que tuvieran un nivel artístico. Como nos habían enseñado a nosotros los Beatles o Bob Dylan, que eran tipos que tenían un nivel artístico altísimo. A los músicos, al verse reflejados de esa manera, les cambiaba la imagen de sí mismos. Les cambiaba, incluso, la idea de composición. Yo todo el tiempo me encuentro con músicos que a partir del Expreso se animaron a hacer otro tipo de músicas y a tomarse más en serio su obra. Yo veo al Expreso como un producto del rock porque somos la generación del rock y el Expreso expresa esa generación. No podrían analizarse por separado”. Durante la primera etapa de la revista, con Pistocchi y Lernoud a la cabeza, lo musical era expresamente trabajado como un elemento que se insertaba en un modo de ver el mundo con mayor amplitud. Son los tiempos de las grandes notas en torno a los avances de la biotecnología, las culturas originarias, la meditación, el cine y el teatro alternativo, la literatura y la preocupación ambiental. Esas temáticas fueron absorbidas paulatinamente por la imposición de lo músical como tema central. Rastrear en el historial puede servir para dar cuenta de los procesos. Sólo 10 de las 38 tapas que tuvieron el visto bueno de Pistocchi, tenían a músicos como protagonistas. De hecho, el propio lector comprendía el funcionamiento editorial por fuera de la lógica que se imponía desde por ejemplo (otra vez) la Pelo. En el lapso mencionado hubo tres portadas con músicos como referencia. Spinetta fue tapa en el número 4, Nito Mestre y los Desconocidos de Siempre en el 5 y Piazzolla en el 6. En la edición siguiente, un mensaje en el Correo de Lectores sentaba posición con un extenso mensaje en el que se preguntaba: “¿Qué es esto? ¿La Radiolandia del Rock?”. Claudio Kleiman era, junto a Alfredo Rosso y Fernando Basabru, una de las plumas encargadas centralmente de la pata musical de la Expreso Imaginario. Para él, el mensaje era totalmente claro en torno a la forma de comprender el universo sobre el cual la publicación se desarrollaba editorialmente. “La revista que te daba una visión integral de lo que significaba la cultura rock. Es decir, te mostraba que el rock no era solamente un tipo de música sino que era una forma de ver el mundo y que implicaba un montón de cosas. La idea de cambio que el rock pregonaba se manifestaba de modo total. No era una postura de crear el gran partido revolucionario sino de empezar a cambiar lo que había alrededor desde nuestra práctica cotidiana. El cambio empezaba por nosotros mismos y nuestra relación con la existencia. Si hilas un poco fino te vas a dar cuenta cómo todo estaba unido. Por algo Ravi Shankar tocaba en Woodstock y era ovacionado”. Con el paso del tiempo, el perfil de la revista se fue profesionalizando y achicando su abanico de ejes temáticos. Pipo Lernoud se hizo cargo de la dirección editorial hasta marzo de 1981, cuando el lugar fue ocupado por Roberto Pettinato. En la transformación de la Expreso a un producto centrado exclusivamente en temas musicales, hubo un lapso en el que las preocupaciones originales intentaron mantenerse en pie, a través de referencias directas o con preocupaciones manifestadas al interior de otros contenidos. Vale aclarar que desde el número 45 (Abril de 1980) todas las tapas fueron fotografías de músicos de rock. Una excepción que merecería un párrafo aparte es la portada del número 53 de diciembre del 80: la inolvidable entrevista a Atahualpa Yupanqui que él mismo “Don Ata” referenció como la mejor de su vida. Victor Pintos ingresó a la redacción por esos años de cambios internos. “Cuando entré, la Expreso ya no era lo que yo tanto había admirado, la de Pistocchi y Pipo Lernoud” dice. “Pettinato tenía otra onda, quería ser músico, tener fama, y que lo aplaudieran. Después, con Sumo y con la tele, conseguiría todo eso. Y dinero también. Dejó a mi cargo todo lo referente a la música nacional porque a él no le interesaba, y creo que lo utilicé bien. Entrevisté a Los Jaivas y a Seru Giran, croniqué el arranque de Virus, escribí sobre el chamamé y pude poner en la tapa de una revista, por primera vez, a Tanguito” recuerda el periodista hoy radicado en Córdoba. “La redacción ya no era lo que había sido, con esos encuentros y discusiones sobre la música y el arte y la vida que tan bien y con tanto entusiasmo me contó después Pipo Lernoud. Pettinato se lo pasaba practicando escalas con el saxo en su oficina, y yo era el serio del asunto, tipiando toda la tarde, hablando por teléfono, atendiendo gente. Discutí mucho con él en esa época. “Pettinasco” le decía, y él no se molestaba. Se reía. Recuerdo qué quilombo armé porque yo había entrevistado a Mercedes Sosa, en el mismo momento de su retorno del exilio, cuando estaba haciendo su histórico ciclo de conciertos en el Opera, y él decidió poner a Mick Jagger en la tapa con una nota no propia traducida del inglés”. Esa fue otra de las características de la última etapa de la Expreso Imaginario, la aparición de notas centrales que se ocupaban de fenómenos que se producían en el corazón del seno de la industria mundial del entretenimiento. Consideraciones finales “Fue importante que esa revista haya salido a comienzos de la dictadura cuando, además, no había nada” dice Pipo a modo de balance. “Después, a comienzos de los ochenta, empezaron a salir Humor, El Porteño y otras publicaciones pero cuando salió El Expreso no había nada. Éramos los únicos. Cuando en el 82 empezó a asentarse la idea de la democracia y se empezó a hablar de política, el Expreso es como que quedó medio ingenuo, fuera de lugar. Había terminado su ciclo”. Para Martín Graziano, más allá de analizar la llegada masiva que pudo haber tenido la revista, su importancia reside en la “profundidad histórica” de la que fue portadora. “En medio de la etapa más difícil de la dictadura, Expreso Imaginario te abría un montón de puertas que no sólo te decía que tu vida podía ser mejor. Y no sólo comparada con lo que ten proponía el proceso, sino mejor que lo que te proponían tus viejos. En un contexto así, una mano de esas, no se olvida” dice. Kleiman entiende que esa propuesta integral a través de la cual la revista se desarrollaba no debe analizarse por fuera de la propuesta contracultural en la que esas ideas se insertaban. “Por eso, durante años ha sido una experiencia muy ninguneada por la cultura oficial porque precisamente somos tipos que venimos de la contracultura. Parece que eso cambió este último tiempo”. “Yo fui primero lector, después cumplí mi sueño de escribir en la revista. En Olavarría, en el arranque de la Dictadura, se vendían dos ejemplares del Expreso. Uno lo compraba yo” recuerda Víctor Pintos. “Por el Expreso supe todo de Joni Mitchell sin haber escuchado nunca una canción suya, hasta que un día un amigo me prestó un disco, y cuando la escuché supe que sabía mucho de ella. Fue increíble. Recuerdo una mañana cuando fui a la “Distribuidora El Inca” y me dieron el Expreso que tenía a Atahualpa Yupanqui en la tapa. Me fui por la calle Lamadrid con la revista en la mano y llorando de la emoción: mi Expreso me decía que yo no era el único que escuchaba a Yupanqui y a Bob Dylan y a Charly García. El Expreso hoy es un mito y está bien, lo merece. Qué tren, qué marcha. “This train is bound for glory”, cantaba Woody Guthrie, y eso era el Expreso. Siento mucho orgullo de haber viajado en uno de sus vagones”. Alguna otra vez, alguien debería emprender la tarea de intentar aglutinar la cantidad de historias personales que giran en torno a las revistas que se convierten en estructurantes de las existencias individuales y colectivas. Es probable que la tarea sea imposible. Pero también es posible que, en esa empresa, la revista Expreso Imaginario concentre la mayor cantidad de vivencias memorables. Entre la efervescencia de las comunicaciones y la explosión de las tecnologías, los hombres y las mujeres suelen no mirar mucho más allá que su propio micromundo. Al parecer, los desafíos que plantea las libertades aparentes encorsetan más que los que supieron estructurar los límites rígidos de las herencias conservadoras y el terror impuesto. Cómo pudo una experiencia como la de quienes hicieron la Expreso Imaginario haberse convertido en icono de un momento en que los iconos eran perseguidos, silenciados, incluso asesinados. Cómo pudo un grupo de hombres y mujeres reunidos en una redacción interpelar a miles de jóvenes a los que les estaba prohibido asomar la nariz a la calle. Cómo pudo el diálogo abrirse paso y reinventarse entre la suma de silencios. Cómo era antes. Cómo es. Ahora. La partida del viaje de el Expreso Imaginario acaba de cumplir 40 años. Desde un primer momento buscó alcanzar aquellos espacios «no anquilosados de la mente que todavía conserven a través de la música, la poesía y el amor la frescura suficiente para contener sentimientos de vida«. Por momentos, pudo sumergirse en ellas y con el paso del tiempo, aquellas búsquedas pasadas se erigieron faros presentes. «Yo creo que hoy se podría sacar un Expreso hoy» dice Pipo Lernoud sobre el final de la conversación que mantiene con Otra Canción. «Con la libertad que hay ahora, con la cantidad de información que hay hoy, yo creo que se podría hacer algo muy bueno con todos esos contenidos y otros de los que se le ocurra a quien la haga. Para mí, tienen que aparecer tipos de veintipico que se decidan a romperle el culo al Expreso y hacer algo mejor. Debería haberlo, pero lamentablemente no lo hay«.

Estación Imposible (el ensayo)